Civilización o barbarie digital: lo que Sarmiento nos diría sobre la IA y la desigualdad
Buenos Aires — 10 de agosto de 2025. Si Domingo Faustino Sarmiento pudiera pisar la Argentina de hoy, no perdería un segundo en eufemismos. Miraría la promesa reluciente de la inteligencia artificial y vería, con la misma claridad brutal de su siglo, el mismo cruce de caminos que enfrentó en el XIX: herramientas que pueden civilizar o herramientas que pueden afianzar la barbarie —ahora definida no por la extensión de la pampa, sino por la exclusión del conocimiento.

“El ferrocarril de este siglo es el algoritmo”, diría con una voz que aún corta como alambre. “Acorta la distancia hacia la riqueza para quien puede subir a bordo, y la alarga sin piedad para quien queda en el andén”. (Cita imaginada)
La prueba de Sarmiento para la IA: quién aprende, quién gana
Sarmiento medía el progreso en escuelas construidas, maestros formados y mentes emancipadas. Traducido a la era de la IA, su vara sería implacable: quién tiene acceso al cómputo, a los datos y a una instrucción seria, y quién no. Trataría a la IA como infraestructura pública, no como novedad.
“Hice escuelas; hoy haría el cómputo público”, insistiría. “Una república que arrienda su inteligencia a latifundios privados de datos seguirá siendo inquilina de su propio futuro”. (Cita imaginada)
Nombraría el riesgo sin rodeos: sin políticas agresivas, la IA concentra productividad y ganancias en unas pocas empresas y en una capa muy fina de trabajadores altamente calificados, mientras empuja al resto hacia empleos peor remunerados y más precarios. En otras palabras: el motor de la prosperidad puede fabricar pobreza a gran escala si dejamos que la captura supere a la inclusión.
Pobreza por diseño… o por negligencia
Su crítica sería quirúrgica:
- Polarización laboral. La IA elimina o devalúa tareas cognitivas rutinarias —trabajo administrativo, funciones básicas de back office— mientras eleva el valor de roles complejos de alta confianza y alta especialización. La clase media se adelgaza; el piso se hunde.
- Dependencia de plataformas. Cuando las capacidades de IA están controladas por APIs privadas y cómputo costoso, las pymes y los trabajadores pagan peajes solo para participar. Los márgenes migran hacia arriba.
- Extractivismo de datos. Los países que producen datos pero no poseen cómputo ni modelos se convierten en exportadores de materias primas de la mente.
- Inflación de credenciales. Las empresas exigen “fluidez en IA” sin financiar el canal para producirla, convirtiendo una falla de capacitación en un filtro de contratación.
“No confundan la multiplicación de artilugios con la elevación de ciudadanos”, sentenciaría. “Una herramienta que reemplaza el libro sin reemplazar la ignorancia no es más que una ignorancia más brillante”. (Cita imaginada)
Lo que construiría —y rápido
Sarmiento no era poeta de la política; era ingeniero de instituciones. Esperemos planos, no eslóganes.
-
Infraestructura pública de IA. Capacidad nacional —y provincial— de cómputo accesible a escuelas, pymes y organismos públicos. Modelos fundacionales abiertos, auditados, ajustados para el español y contextos regionales. Fideicomisos de datos para mantener lo público en manos públicas.
“La escuela tenía tiza y un mapa; la escuela moderna requiere ancho de banda y un modelo. No pidan al maestro regar el desierto con un dedal”. (Cita imaginada)
-
Escuelas Normales → Laboratorios Normales. Resucitaría la revolución de formación docente como Laboratorios Normales de IA: institutos intensivos que certifiquen a educadores en pedagogía asistida por IA, verificación de evidencias, diseño de indicaciones y evaluación. Ratios docente–IA financiados y medidos como tamaños de aula.
-
Derecho a la reconversión rápida. “Cuentas de aprendizaje” portátiles, recargadas por el Estado y cofinanciadas por empleadores, para programas cortos y orientados a resultados (90–180 días) alineados a la demanda laboral local. Seguro salarial para amortiguar transiciones sin estancarlas.
-
Escuadras de adopción para pymes. Equipos público–privados que se integren en pymes durante 6–12 semanas, automatizando procesos y capacitando personal. El entregable no es un informe: es un flujo de trabajo en marcha y una capacidad instalada.
-
Gravar la máquina ociosa, premiar al trabajador que aprende. Impuestos selectivos a las ganancias de productividad que no se traduzcan en más empleo o mejores salarios, con créditos generosos para empresas que demuestren capacitación y movilidad interna netas.
“Castiguen a la fábrica que despide saber; premien al taller que lo multiplica”. (Cita imaginada)
-
Cívica abierta para modelos cerrados. Transparencia obligatoria sobre limitaciones y modos de error de los modelos cuando intervienen en servicios esenciales —crédito, salud, educación, justicia—. Centros independientes de evaluación financiados. Reproducibilidad por encima del marketing.
Cómo hablaría al poder —y a nosotros
Sarmiento no susurraba a caudillos; los enfrentaba. Hoy sus blancos serían distintos pero familiares: monopolios de infraestructura, ministerios que confunden pilotos con políticas, y una cultura pública que tolera el abandono educativo.
“A los capitanes de industria: si poseerán las máquinas, ayuden a construir las estaciones”, diría. “A los ministros: los pilotos terminan; las instituciones perduran. Gobiernen para lo segundo”. (Citas imaginadas)
Y a los ciudadanos, especialmente a los jóvenes:
“La IA no viene por tu trabajo; viene por la tarea de tu trabajo que te niegas a aprender más allá. Aprende más allá.” (Cita imaginada)
¿La IA hará más pobres?
Si se la deja a la inercia, sí. La curva se inclina hacia la concentración. Pero toda la carrera de Sarmiento es un contraargumento al fatalismo. Apostó el país a la educación masiva, a la inmigración y a la apertura, a conectar la periferia con el centro mediante el ferrocarril y el telégrafo —y ganó lo suficiente como para cambiar la trayectoria.
“Civilización y barbarie nunca fueron geografía”, nos recordaría. “Siempre fueron un problema de asignación: de maestros, herramientas y tiempo. Asignar mal es acuñar pobreza; asignar con audacia es acuñar ciudadanos.” (Cita imaginada)
El argumento final
La IA no es un drama moral; es un cambio de capacidad. La capacidad sin inclusión genera fragilidad y resentimiento. La inclusión sin capacidad genera estancamiento. Sarmiento nos obligaría a hacer ambas cosas a la vez: construir la capacidad (cómputo, modelos, adopción) y blindar la inclusión (escuelas, habilidades, movilidad). No algún día. Ahora.
“La república que aprende más rápido será la república que alimenta a sus hijos”, concluiría. “Y la república que delega su aprendizaje en otros alimentará a los hijos de ellos.” (Cita imaginada)
Sin romanticismo. Sin catastrofismo. Solo una elección, tan clara como un pizarrón: invertir en las instituciones que convierten la inteligencia en ingreso para muchos… o ver cómo la inteligencia se acumula para unos pocos mientras la pobreza se acumula para el resto. Sarmiento ya estaría redactando el decreto. La única pregunta real es si lo firmaremos.
Enjoy Reading This Article?
Here are some more articles you might like to read next: